Colección Crivelli

Las cariocas

La carioca, 1968. Jorge de la Vega

Hace algunas semanas, me llamaron a declarar por la muerte de Aurea, una compañera del taller de pintura de Miguel, un artista celebrado en la academia, en la crítica y en el mercado que fue mi maestro de pintura hace muchos años,

En realidad, fui alumno de Miguel mientras estudiaba ingeniería. Y estuve apenas dos años en su taller porque me di cuenta que mi pasión no era suficiente para entregarme al arte y decidí dedicarme profunda e intensamente a mi vocación matemática.

Lo hice con resignación y pena. Mi deseo era representar, más aún, transmitir el misterio, producir mensajes cifrados con la imagen formal o abstracta, recorrer el tiempo oculto de las metáforas. Pero después de probar mucho tiempo me sentí derrotado. Mi obra sólo representaba, no era capaz de transmitir mensajes atrás de la representación.

Y me refugié en mi otra pasión, las matemáticas que gobiernan nuestros inventos y nos permiten el dominio de la naturaleza.

Siempre me fascinaron las matemáticas porque requieren de la fe que yace oculta, atrás. El encantamiento de la exactitud se basa sin dudas en la creencia en el cero y el infinito. Es
emocionante que las matemáticas no existan sin la creencia en lo absurdo, sin fe en lo inconcebible.

Pero basta de hablar de mí.

Porque ahora se trata de Aurea. Aurea nos encandiló a todos desde su llegada. Era bellísima, tenía un encanto erótico que intentaba esconder inútilmente, y era muy talentosa. Aurea era capaz de transmitir lo oculto, lo indescifrable, esa profundidad
hermética que a todos nos faltaba.

Porque es eso lo que se cifra en el arte, un mensaje que está atrás del mensaje, un mensaje de los dioses traído por Hermes, que entra en el alma sin pasar por el entendimiento. Aurea iba más allá de la representación y su pintura evocaba el misterio.
Era una artista.

Los integrantes del taller enloquecimos fascinados por ella, pero Miguel perdió el quicio. Al principio trató de seducirla, pero después su asedio era tan evidente como desagradable. Intentó enamorarla durante mucho tiempo. Áurea permanecía envuelta en su vestimenta que bloqueaba el deseo, en su mirada que iba más allá, hacia no se sabe dónde.

Un día Miguel le preguntó porque la habían llamado así; con un nombre tan fuerte, ¿era por el presentimiento de su belleza? Aurea contestó que no lo sabía, que además ella era una mujer común. Pero se lo dijo con un gesto de rechazo, de molestia. Le preguntaba por su familia, si tenía hermanos, por su educación, pero ella nunca contestaba o respondía evitando la conversación.

A él se le notaba la rabia que le daba cada respuesta.

También quiso saber cuál era la emoción, la angustia o el presentimiento que escondía la vibración de su pintura. Sin mirarlo, casi con desprecio Aurea le dijo: “No sé, nadie sabe de adonde viene la vibración; hasta Homero dice “Canta oh Musa”, porque no sabe de adonde viene.” Nadie sabe. 

(Ahí conocimos otra Aurea, ¡una que analizaba el misterio de la épica griega! Entonces sentí que ella misma era un misterio fascinante).

Como Aurea no le respondía nada concreto, Miguel se enfurecía. Un día, estábamos en la mesa de trabajo, y Miguel empezó a hablarle fuerte, muy fuerte, hasta que en un momento le dijo casi gritando que él era quien le había transmitido el lenguaje que le permitía esa expresión artística tan potente, que era una ingrata, (ingrata y desgraciada, le dijo), y la echó del taller. Los demás alumnos mirábamos azorados.

Esa misma noche lo vieron en un bar cerca de la casa de Aurea.

Yo me había retirado del taller hacía meses cuando supe del asesinato, perdón, de la muerte de Aurea.

Recién cuando me llamaron a declarar vi la obra de Miguel, un extraordinario díptico pop con una modelo que no identifiqué, acostada boca abajo con las nalgas desnudas, el sexo marcado y una caricatura como rostro. Me dijeron que creían que era Aurea, pero yo no coincidí.

Aurea no era así. Todo en ella iba hacia adentro, ella era cerrada, siempre misteriosa. Nunca tomó en consideración el amor de Miguel, ni tampoco me la imagino posando para él, ni para nadie.

Días después de su muerte, la policía encontró una carta de Aurea, junto con la foto de un conocido dibujo de Klimt y fotos eróticas: su cuerpo desnudo, en la misma posición que la modelo de Klimt. Era indudable que la modelo de Miguel había sido ella. ¿Miguel vio las fotos de Aurea imitando la obra de Klimt? ¿Quién sacó las fotos, Miguel? ¿Fueron selfies, hubo un desconocido fotógrafo? Pero más allá de los hechos inescrutables, ¿quién era
Aurea?

Gustav Klimt (después) (1862-1918)<br />
Dibujo erótico, 1979<br />

Era evidente que Miguel adaptó el dibujo de Klimt a la belleza de Aurea plasmada en las fotos, quizás en señal de abundancia erótica, quizás representando más sus propios deseos que la realidad.

El artista llamó a su obra “Las Cariocas” como si fuesen dos, pero es obvio que era una sola duplicada. Y era Aurea, sin dudas. Pero cuando vi la obra noté que el sexo y el zapato de uno de los dípticos eran rojos, pasionales y refulgentes, mientras que en el
otro díptico todo era blanco y negro.

Pareciera que ella presintió o supo lo que iba a suceder, porque la carta tenía fecha anterior a su muerte y decía que Miguel la iba a violar y a matar.

Se puede suponer ahora que él la violó y después la mató, tal como presentía ella. O que ella dejó todo este armado antes de suicidarse para vengarse de su asedio.

Como sucede siempre, el deseo impulsa la imaginación, la voluntad y la razón. La razón es la ilusión que hace que creamos que estamos lejos del instinto animal. Una superchería
descubierta desde el inicio y negada hasta el final.

Cuando la policía llegó al departamento de Aurea, encontró que en el piso estaba el arma, con la cual se suicidó o la mataron.

¿Es verdad que él la asesinó como anunció Áurea en su carta? ¿Cuál es el propósito de las fotos? ¿Dejar en el corazón del supuesto violador el deseo que lo persiguió durante años? ¿Una venganza contra el supuesto violador, mostrándole finalmente quién era ella y cómo era su alma erótica y oculta, que jamás le permitió poseer?

¿Y porque pintó el artista el díptico? ¿Quiso representar el alma que él sabía que se escondía atrás del encierro de Áurea?

Un erotismo tan vivaz como negado. O negado para él.

Pero si miramos la obra y la comparamos con el dibujo de Klimt, todo está exagerado hasta la caricatura. La sonrisa estereotipada, ridiculizada, el sexo y el zapato color rojo, (otro símbolo del sexo), la posición del cuerpo, que en el original es una invitación y aquí una burla.

¿Es la obra una respuesta final del artista al rechazo de Áurea y a las fotos que lo desafiaron?

¿Fue pintada antes o después de la supuesta violación y la muerte?

La Carioca de taco rojo es pura vida, la otra sin color alguno, parece la imagen de la Carioca muerta o de un delirio fatal, ¿es una visión anticipatoria? ¿la certeza de un asesinato? ¿una venganza de Aurea?

Todos creímos en la violación y el asesinato, sin evidencia, pura intuición. En la casa de Áurea la policía no encontró indicios suficientes para acusar a nadie, mucho menos a Miguel.

Caratularon el expediente como suicidio. Me quedó resonando aquella invocación de Aurea al inicio de la Ilíada: “Canta oh Musa”…